Ese día iba ser como los demás: iba
a llegar a mi departamento, me cocinaría el almuerzo y estaría aburrido en la
soledad de mi pieza. Mientras tanto bajaba en el bus de la universidad pensaba “¿esto
quiero de mi?, ¿de mi vida?” de pronto dejé de pensar. Me bajé en el paradero y
como por inercia tomaría la micro hacia mi casa. Ese día dije “¡No!”. Salí de
ahí, caminé hacia otro lado y sentí como las miradas punzantes de la gente me
clavaban. Ese día no sería como los demás.
Tocó la coincidencia que jugaba el
athletic club vs el sporting de Lisboa por la semifinal de ida de la UEL y
busqué un lugar. En el camino obligué a mi mente a poner un piano como música
de fondo, ese día no sería como los demás y debía ser lo más abstracto posible.
Sin arrepentimientos, sin reproches, sin nada. Ese día definitivamente no sería
como los demás.
Entré al bar donde trasmitirían el
partido, pagué el consumo mínimo (que por cierto era una cerveza de litro) y la
bebí mientras transcurría el cotejo.
Al término del partido iba
perdiendo el athletic 2 a 1, y aunque estaba triste por eso, no me importaba
tanto, ese día debía ser excepcional, lo más estúpido y hermoso posible.
Después de eso fui y me senté cerca
del marga-marga a esperar no sé qué cosa. Miraba mi alrededor, las aves, las
palomas, las gaviotas y una mina que hacía malabares (que estaba bien buena te
diré). El día estaba acabando y realmente quería que fuera eterno.
Ese día fue increíble y ¿los días
anteriores? ¡A la mierda! Mi relación complicada conmigo mismo no me volvería a
complicar. Al menos por un tiempo.

