6/5/12

Otoño



Ese día iba ser como los demás: iba a llegar a mi departamento, me cocinaría el almuerzo y estaría aburrido en la soledad de mi pieza. Mientras tanto bajaba en el bus de la universidad pensaba “¿esto quiero de mi?, ¿de mi vida?” de pronto dejé de pensar. Me bajé en el paradero y como por inercia tomaría la micro hacia mi casa. Ese día dije “¡No!”. Salí de ahí, caminé hacia otro lado y sentí como las miradas punzantes de la gente me clavaban. Ese día no sería como los demás.

Tocó la coincidencia que jugaba el athletic club vs el sporting de Lisboa por la semifinal de ida de la UEL y busqué un lugar. En el camino obligué a mi mente a poner un piano como música de fondo, ese día no sería como los demás y debía ser lo más abstracto posible. Sin arrepentimientos, sin reproches, sin nada. Ese día definitivamente no sería como los demás.

Entré al bar donde trasmitirían el partido, pagué el consumo mínimo (que por cierto era una cerveza de litro) y la bebí  mientras transcurría el cotejo.

Al término del partido iba perdiendo el athletic 2 a 1, y aunque estaba triste por eso, no me importaba tanto, ese día debía ser excepcional, lo más estúpido y hermoso posible.

Después de eso fui y me senté cerca del marga-marga a esperar no sé qué cosa. Miraba mi alrededor, las aves, las palomas, las gaviotas y una mina que hacía malabares (que estaba bien buena te diré). El día estaba acabando y realmente quería que fuera eterno. 

Ese día fue increíble y ¿los días anteriores? ¡A la mierda! Mi relación complicada conmigo mismo no me volvería a complicar. Al menos por un tiempo.

¡Nunca más!


No sé cuándo ni cómo comenzó todo esto, tampoco sé cuando terminó. Pero de que se usaron armas, se usaron.

No sé en que momento perdí, si estaba tan seguro de haber ganado. Me vuelvo a preguntar ¿en qué momento perdí?

En mis retrospecciones de la noche es cuando más evalúo los daños y fueron tantos años, las batallas sucesivas, la sangre derramada que nunca volverá a su lugar. Quizás en algún tiempo sólo asista los a duelos de mis soldados.

Es tan triste hacer un catastro de una guerra que supuestamente ganaste, ver en aquella evaluación que no habrán más caminatas por París ni bailes de tango en la cocina.

Es tan triste saber que el vino tinto que derramaste en mi pecho fue con indiferencia (“sin querer”)...preferiría rendirme después de haber ganado, Ponerme un bozal de hierro y mirar al frente como si hubieran embargado...

...¡Pero no! ¡Nunca más!